
Las misiones agustinas en Guerrero fueron uno de los pilares que marcaron la vida religiosa, social y cultural de la región durante el siglo XVI, en el contexto de la Nueva España y bajo el amparo del patronato regio de la Corona española.
La misión como proyecto de la Nueva España
Durante el proceso de evangelización, la Corona española, respaldada por bulas papales, impulsó el envío de órdenes mendicantes —franciscanos, dominicos y agustinos— con el objetivo de convertir a los pueblos originarios del llamado “mundo gentil”. En este escenario, la orden de San Agustín tuvo un papel relevante en amplias zonas del actual estado de Guerrero.
La evangelización en la Montaña no solo implicó la enseñanza de la doctrina cristiana, sino también la reorganización social, territorial y cultural de las comunidades indígenas.
Primeros pasos de los agustinos en la región
La presencia agustina en Guerrero se registra desde octubre de 1533, cuando los frailes Jerónimo de San Esteban y Agustín de la Coruña, provenientes de Ocuituco, arribaron a Chilapa. Un año después fundaron el primer convento y, en 1535, establecieron el de Tlapa, del cual aún se conservan vestigios.
Desde estas fundaciones se estructuró una red de servicio religioso que alcanzó poblaciones como Zitlala, Tixtla, Mochitlán, Olinalá y Atlixtac, entre otras, consolidando una amplia presencia territorial.
Expansión misionera hacia la Montaña y la Costa
A partir de 1536, con la llegada de Juan Bautista Moya, la cobertura misionera se amplió notablemente. Crónicas del propio Juan de Grijalva señalan que los agustinos extendieron su labor desde la Montaña hasta “la mar del sur”, abarcando lugares como Huamuxtitlán, Ayutla, Cacahuamilpa y zonas de la Costa Chica.
Para mediados del siglo XVI ya se contabilizaban al menos seis monasterios de la orden de San Agustín en la región. En las décadas posteriores continuó la edificación de conventos, como Alcozauca en 1576 y Atlixtac en 1581, fortaleciendo la presencia agustina.
Arquitectura y símbolos de la orden
Los conventos del siglo XVI construidos por los agustinos comparten rasgos arquitectónicos distintivos. Predominan templos de una sola nave, conocidos como “nave rasa”, con cubiertas de madera y teja de barro, como se observa en San Miguel de Tehuaxtitlán y San Martín Xitopontla.
También es visible la influencia de estilos como el mudéjar, manierista y plateresco. Ejemplo de ello es el alfiz mudéjar del ex convento de Tlapa. En la iconografía destacan figuras como San Nicolás Tolentino y San Agustín, presentes en templos de Atlixtac, Chilapa y otras comunidades.
Declive y secularización de la misión
Para el siglo XVII, las crónicas refieren un abandono progresivo de la doctrina agustina, atribuido al desinterés misional y a la participación de algunos frailes en el comercio de mercancías provenientes de Asia vía Acapulco. Este proceso culminó con la secularización de la misión a mediados del siglo XVIII.
La última doctrina agustina registrada fue entregada en San Miguel Ayahualtempa en 1777, cerrando un ciclo que dejó una profunda huella espiritual y cultural en Guerrero.
Un legado que aún permanece
Hoy, las antiguas construcciones agustinas y la memoria comunitaria mantienen viva la historia de estas misiones. Más allá de la evangelización, representan un capítulo fundamental para comprender la identidad histórica de la Montaña y la Costa Chica de Guerrero.
